13 de julio de 2015

Ese mar

Ese mar pretende arrastrarme. A veces, lo intenta con calma. Me mece, sus aguas me acarician. Es apacible. Otras veces, quiere arrastrarme a la fuerza. Levanta grandes olas, terribles olas, y quiere engullirme, tragarme entre sus fauces de espuma, fieras y oscuras.
El mar, en realidad, nunca está en calma: solo lo finge. Es superficialmente tranquilo y me atrae a sus reflejos cristalinos. En lo hondo, en su interior, prevalece su auténtico ser. Pero ni el mar mismo lo sabe; no ve más allá de su superficie. ¿Cómo huir? ¿Cómo no ahogarme? Me acerco con cuidado, lo observo, me introduzco entre las olas. Y cuando menos me lo espero estas se alzan, amenazantes, peligrosas, y me empujan, me golpean. Me hacen alejarme. Me empapan, me resquebrajan y casi me ahogan.
Pero sus aguas en calma no lo entienden. Nunca lo entienden. Jamás lo hicieron.
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