17 de marzo de 2011

Amor a distancia

La había visto por última vez hacía algo más de una semana. Recordó cuando los ojos que lo miraban se anegaron en lágrimas y cuando aquella boca había dejado escapar un suspiro de desesperación. Lo iba a echar de menos. Y él a ella también. Fue entonces cuando se introdujo en el tren, emprendiendo el camino de vuelta a casa, dejando tras él a esa persona que lo estaría esperando hasta la próxima vez.
Cada mañana había despertado entre sudores con la incertidumbre de si ella le era fiel, si en verdad lo amaba. Y maldijo, como cada día, la distancia que los separaban. Contaba los días para volver a verla, tenerla de nuevo entre sus brazos y aspirar el aroma de su pelo. ¡Cuánto la anhelaba!
De nuevo, se acomodó en el tren y ansió besarla. Cada minuto le desgarraba más el corazón, ahogándole el pecho mientras miraba sin ver a través de la ventana.
Atravesó rápidamente la distancia que le restaba hasta la posición de su amada cuando el tren hubo parado. No existió el "hola". La cogió en volandas, cubriéndola de besos. Los ojos de ambos ardían de una recuperada felicidad, como en cada encuentro; las manos temblorosas recorrían al otro en pleno andén, llamando la atención del gentío monótono que se dispersaba alrededor. Tactó su rostro, los ojos cerrados. Sintió bajo sus dedos la suavidad de su piel y ansió besarla con fiereza. Algo brillaba en sus miradas, algo curvaba sus labios. Se fundieron en un profundo beso, uniendo dos almas, más que dos cuerpos.
Y a la noche, como en cada ocasión, volvió a despedirse de ella. Al subir al tren se sintió en paz con el mundo. Estaba seguro de que ella jamás le sería infiel. Sabía que lo amaba. Pensó cuando su madre le preguntó, al enterarse de la relación a distancia que mantenía, que si estaba dispuesto a esperar para volver a verla. Le había respondido, orgulloso, que "cuanto más tiempo tardara en verla, más ansiaría de ella, más la necesitaría a su lado y más la amaría".
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