10 de agosto de 2011

Triste, pero real

Un portazo. Se quedó mirando la puerta, anonadado, tenso. ¿De verdad se había ido? Corrió hasta la ventana y apoyó la frente contra el cristal. Cuando vio su figura atravesar la calle, cerró los ojos. Sí, se marchaba. Una lágrima abandonó sus ojos y se precipitó en picado hasta el suelo. Tal cual había ido su relación: en picado. Y había tocado fondo.
Se sentó en el suelo, agotado, e intentó dar crédito a lo que estaba sucediendo. No podía. Se repitió una y otra vez que la culpa había sido suya, que había dejado de demostrarle lo importante que era para él, de prestarle atención y de, simplemente, poder hablar sin discutir.
Y es en ese momento cuando todos los traicioneros recuerdos vuelan a la cabeza, viendo la felicidad de días atrás. Pero los recuerdos malos no vuelven, al menos, en ese instante, y por ello se hace incapaz de ver la realidad, atisbando únicamente la parte positiva de algo acabado.
Semanas, o incluso meses, después, el sueño le echa a patadas para llegar hasta la realidad y así poder aceptar que el bonito cuento en realidad no era más que una aburrida relación con algún alegre y cariñoso momento entremedia. Entonces comprendió, aliviado, que aquella mujer a la que había amado y amaba había hecho bien al marcharse. Le estaría agradecido, a pesar del dolor que seguía cobijándose en su interior. Cuando algo termina, comienza algo mejor.
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