24 de marzo de 2011

Destartalada alegría

La vida tamborilea sobre mi lecho, el rumor de la fina lluvia llega a mis oídos como aclamando una respuesta. Los árboles son mecidos por el tenue viento, adormeciendo mis sentidos. El mundo me acoge en su regazo y yo, exenta de ganas y muerta de frío, lo abrazo. Agarro fuerte el vacío y el todo, no los quiero dejar escapar; pero se van. La vida ha dejado de tamborilear, la lluvia ha desencadenado en una tormenta y no tengo tiempo para pedir clemencia. Los árboles se vuelven peligrosos, azotados por el intenso viento que provoca mi máxima alerta. Pero no tengo ganas. No moveré ni el más pequeño de los dedos y me quedaré aquí, paciente, a esperar lo que venga. Brisa, acaríciame si es eso lo que quieres; viento, llévame contigo si así lo deseas. No hay nada por lo que luchar.
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