7 de enero de 2012

Emerger tras sumergirse

La habitación estaba en penumbra y un fuerte olor a alcohol y tabaco había taponado sus fosas nasales. La única luz era la que entraba por los resquicios de una persiana vieja en la ventana del dormitorio, proveniente de un sol que intentaba atravesar las paredes. Tirado en la cama de cualquier manera, mirando al mismo techo aburrido durante días, se llevó el último cigarro de la última de las muchas cajetillas de Marlboro a los labios. Escuchó cómo ardía el papel del cigarro y percibió a través de sus párpados semicerrados el halo de luz que provocaba lo mismo que lo mataba por dentro.
Había conseguido mantenerse ebrio durante numerosas ocasiones en esos días, sin abandonar la cama salvo para ir al aseo o para engullir comida enlatada. No había otra razón para ello que la incertidumbre, la desconfianza, el desconocimiento. No tenía la menor idea de lo que hacer. Tenía el corazón roto, o se lo habían roto. No sabía cómo vivir con eso.
Cuando el cigarro se hubo consumido y la ceniza se había desprendido por su propio peso sobre su pecho, el muchacho de ojos tristes abandonó su lecho de un salto y, apartando a patadas las botellas vacías del suelo, se dispuso hacia la ducha.
Los días de luto de su corazón habían acabado. Las heridas sanan. Las heridas, cicatrizan.
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