12 de abril de 2011

Vida

Aquella tarde de cielo azul y sol ardiente me cogiste de la mano. Y nos fuimos a pasear entre flores. Las rocé con la yema de mis dedos y pude respirar su aroma, gustoso perfume natural.
Pude acurrucarme en su lecho sin asfixiar a ninguna, ahogando todo triste pensamiento. Y, como quien experimenta tal paz, me dormí. Dulce despertar al encontrarme en aquella maravilla de lugar. No era un dormitorio, no era un salón; era vida. Y pude sentirla. En mí, y en todo.
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